La fama fatal

"La fama fatal", canta Jaime López, "esa bella doncella / con su nailon que hipnotiza / y sus mil y una estrellas". Hipnotizado, pues, aquí no me propongo más que ir tras ella. Para qué más que la verdad.

Thursday, March 30, 2006

Cerrado las veinticuatro horas

El título
Fue Luis Vicente de Aguinaga quien me lo proporcionó. Fue en una de las reuniones que hace millones de años sosteníamos en torno al necio entusiasmo que era la revista que por entonces publicábamos. Soy incapaz de recordar a cuento de qué Luis Vicente soltó esa frase, pero quiero estar seguro de que estaba relacionada con el hecho de que el café que nos toleraba cada noche de viernes tenía el inconveniente de que cerraba a la una de la mañana, razón por la cual terminábamos mudándonos a otro que no cierra jamás: a un café cuya mejor virtud es la de estar abierto las veinticuatro horas (y donde fueron escritas casi todas las historias que contiene este libro). El caso es que en esa ocasión, mientras reuníamos el monto de lo consumido, ya resignándonos a largarnos (resignándonos, digo, porque las reuniones eran divertidas), Luis Vicente dijo algo así como “mejor hay que ir a un café que esté cerrado las veinticuatro horas”, y yo lo anoté.

Los proyectos
Unos dos años después me vi en la desconcertante necesidad de armar un proyecto de escritura para obtener una de las becas que el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes da a quienes califican como “jóvenes creadores” (es decir, a todos los ciudadanos menores de treinta y cinco años que afirmen escribir, pintar, esculpir, etcétera, y reúnan los requisitos que plantea una convocatoria: si efectivamente saben escribir, pintar, esculpir, etcétera, es lo de menos). Hablo de necesidad porque es eso lo único que suele moverlo a uno a apuntarse en la neurótica aventura de prometer, pormenorizadamente, el trabajo de creación que desarrollará a lo largo del “ejercicio de la beca”, a tratar de apegarse lo más posible al cumplimiento de esa promesa (porque de lo contrario el estipendio se suspende) y a conducirse, mientras la aventura dure, como si fuera una situación de lo más normal. No lo es, por supuesto: a los convocantes debería bastarles que uno solicite esos estímulos llenando el formulario con la leyenda: “De obtener la beca, trataré de escribir (o de esculpir, o de danzar)”, porque lo que ocurre luego de que se publican los resultados es absolutamente imprevisible. De modo, pues, que hice mi proyecto para participar en la disciplina de cuento (“disciplina”, le dicen, por lo que el asunto empieza a oler a rigor cuartelario): no teniendo más que esa frase de Luis Vicente (y él, para entonces, ya estaba muy campante viviendo en Francia), la usé como título del libro que “proyectaba” escribir, y que consistía, para decirlo rápido, en una decena de historias cuyos asuntos estuvieran afiliados por una premisa general: la imposibilidad de su ocurrencia.
No debería patear el pesebre, pues aún estoy en edad de volver a pedir la misma beca por tercera y última vez (y seguramente lo haré, aunque ahora en la disciplina de ensayo), pero tengo que decir que, como no sea por el depósito bancario que mensualmente dejan caer en la cuenta abierta para tal efecto, esas becas son —es mi experiencia—, si no perniciosas, sí por lo menos perversas: uno promete y detalla lo que apenas, si hay suerte, está por existir; más adelante, ha de ir cumpliendo (o haciendo como que cumple) con lo prometido, y encima tiene que arreglárselas con la vigilancia de un tutor y con las intromisiones de los compañeros becarios en una dinámica parecida a la de esa cosa abominable que es un taller. Así, una beca de estas características, lejos de propiciar las condiciones óptimas para la escritura, tiende más bien a plantear una serie de exigencias que pueden pervertir la relación del autor con su trabajo de creación. Como sea, la cosa es que al término de esa beca que obtuve con el proyecto titulado Cerrado las veinticuatro horas me vi con un puñado de cuentos (siete u ocho) de los que sólo me parecían afortunados tres.
No escarmenté, por supuesto, y dos años más tarde reincidí: volví a inventar un proyecto —que casi inmediatamente se reveló como irrealizable—, volví a pedir la beca y los del fonca tuvieron la generosa imprudencia de volver a concedérmela. En esta ocasión prometía un libro, que según yo habría de titularse Las encías de la azafata, ¡con veinte cuentos! Voy a citar un párrafo del proyecto que envié, para que se vea a qué extremos de arrogancia y fatuidad se puede llegar con tal de conseguir esos dineros:

Serán historias breves, afiliadas por el interés narrativo de investigar las circunstancias de sus protagonistas y por el afán de proponer para ellos los destinos posibles o imposibles que podrían alcanzarlos, pero siempre partiendo de que quienes las provocarán serán descubiertos en el instante crucial en que manifiestan una cualidad portentosa o una ruindad absoluta. Esto, que puedo definir como el afán de trazar una suerte de ética por vía de la ficción literaria (una ética sui generis, pues figurarán en ella los méritos y las bajezas que sugiera la naturaleza de cada personaje —por ejemplo, la obsesión como una forma de la dicha, la impaciencia como vía de santidad, la facultad de estorbar, el talento que se requiere para ser odiado, la impericia desastrosa para decir que sí, etcétera—, lejos de cualquier convención moral), entrará en juego con la averiguación de lo contingente respondiendo a la cuestión de qué puede ocurrirles a estos personajes, de manera que cada uno sea materia propicia para que la literatura los convierta en seres inusitados, insólitos, insospechables.

Los cuentos resultantes, claro, no fueron veinte: salieron apenas once, de los que juzgué rescatables sólo seis.
Desde que comencé a escribir los cuentos para la primera beca, dio inicio también la primera de varias “bitácoras de escritura”: apuntes, al principio ordenados y luego abrumadoramente caóticos, que tuvieron la intención original de ir despejando el camino para el avance de los cuentos. Ya encarrerado en la segunda beca, esas bitácoras eran casi lo único que ocupaba el poco tiempo que por entonces podía dedicar a escribir, y los cuentos fueron siendo despachados a toda prisa para cumplir con las cuotas que burocráticamente nos había impuesto la tutora —cuyo mayor apuro, por lo visto, era que al final sus pupilos tuviéramos considerables bonches de cuartillas para que no fuera tan notoria nuestra haraganería. Así, yo resucitaba ideas abandonadas mucho tiempo antes y, con tal de terminar rápido, forzaba algunas historias a irse por donde no me interesaba, a la vez que reincidía viciosamente en mis bitácoras, que iban engordando imparablemente sin que ningún nuevo cuento germinara en ellas: supongo que lo hacía por conformarme con la idea de que seguía escribiendo aunque, en realidad, escribiera muy poco. El angustioso apremio por ir alcanzando los plazos establecidos: otra razón para pensarlo dos veces antes de embarcarse en un proyecto de escritura si el fin principal es obtener con su ejecución algún ingreso. A pesar de eso, como decía poco antes, salieron al final seis cuentos. Pero habían pasado tres años y yo estaba no sólo lejos de tener algo que pudiera tomarse por un libro, sino además casi por completo fastidiado de escribir cuentos: sólo me quedaba, como desde el principio, un título del que nunca dudé.

Los concursos
A punto de perder por completo el interés en el género, y dejadas atrás las becas famosas, todavía alcancé a escribir dos cuentos más, y a rescatar del limbo de las carpetas trasnochadas dos o tres que, me parecía, no eran del todo impresentables. Entonces comenzó la maldita ansiedad por ganar un premio.
Si una beca es un proceso que retuerce y contamina inevitablemente el trabajo de creación —que por otra parte, paradójicamente, uno quizás no emprendería de no ser por la misma beca—, los certámenes terminan por trastornar el sentido que uno alguna vez tuvo la intención de dar a lo que está haciendo. Entre el laborioso rastreo de convocatorias, la ilusión mercenaria que suponen los premios en efectivo, las especulaciones respecto a la composición y los gustos de los jurados, los cálculos de lo que hay que gastar en fotocopias y envíos y la invención de pseudónimos cada vez más rebuscados, es posible que la solidez de un libro decrezca de manera directamente proporcional a la cantidad de premios en que haya participado. En mi caso, fueron por lo menos seis concursos los que recibieron versiones distintas del libro que, seguía seguro, tenía que titularse Cerrado las veinticuatro horas: con algún cuento más, con algún cuento menos, con el índice trastocado, con el puntaje de la tipografía un poco más grande para que se completaran las cuartillas requeridas, con los títulos de algunas historias cambiados... Y cada vez era lo mismo: descubrir en la prensa que otro había ganado (o no descubrirlo jamás y sólo suponerlo, pues los organizadores de premios tienen la mala costumbre de no publicar los resultados en la fecha prevista), imaginar qué pudo fallar para que el fallo del jurado no me hubiera sido propicio, hacer cambios a las carreras antes de que venciera el plazo de la siguiente convocatoria, buscar los resultados otra vez, hacer más cambios... Por eso, para ser honesto, me resulta un poco borrosa la historia de este libro, aunque en realidad no creo que interese demasiado: sólo puedo afirmar que llegó un momento en que me cansé de esa suerte de manía persecutoria y me dediqué a otra cosa: más o menos por el mismo tiempo, el género cuentístico dejó de interesarme, o fue más bien que mi escritura dejó de interesarle a él.
Agregaré sólo algo más acerca de los concursos literarios: dadas las miserables condiciones que un escritor debe sortear para ejercer su oficio (pues en tanto no dé el campanazo con la novela que se convertirá en best-seller ha de limosnear porque le paguen la colaboración eventual en una revista, o debe conformarse con acogerse al amparo de la academia, o reptar en un empleo detestable, o precisamente vivir a la caza de becas y premios), y puesto que los concursos que, en general, se organizan en nuestro medio carecen de un prestigio que no haya sido desvirtuado por las componendas que los reparten o, sencillamente, por ser muy chafas, los premios son un mal necesario —que, pese a todo, en ocasiones resultan atinadamente concedidos (y por eso, cuando alguno de mis amigos gana uno, lo celebro sin demasiados escrúpulos)—: son gajos que no está mal saborear de vez en cuando, pero de ahí a que la propia obra se rija por el afán de alcanzarlos hay un buen trecho que yo, en lo que respecta a este libro, me cansé de recorrer.

El libro
Así las cosas, cuando a la vuelta de otros millones de años Luis Vicente me invitó a darle un título para la colección Bajo tantos párpados, que comenzaba a dirigir para Ediciones Arlequín y la Universidad de Guadalajara, pude entregarle de regreso el título que él me había regalado aquella vez. Me obligué a que mi libro recuperara algo del sentido que pudo haber tenido de no haber pasado por tantas, digamos, peripecias, y quedó conteniendo doce cuentos (cuando en ocasiones pudieron ser hasta veintiuno): los doce que, me parece, son los que necesariamente deben ir ordenados por un índice y no pueden tener cabida en ningún otro lugar, tanto por los asuntos de los que se ocupan como por las presencias que los habitan. Creo que ningún autor de ficción debería verse orillado a decir nada acerca de lo que presenta por escrito (recalco: un autor de ficción: los ensayistas, que digan cuanto quieran; los poetas, ¡que rindan cuentas!), de manera que sobre la materia que integra las páginas de Cerrado las veinticuatro horas no estoy dispuesto a abundar más allá de esto: se trata de las historias de un puñado de personajes más o menos solitarios y tristones cuyos destinos me fue dado conocer y seguir por un tiempo, aunque no pude hacer mucho por que su suerte fuera distinta. Hay uno que no existe, por ejemplo, aunque yo traté de que eso no obstara para consignar el relato en que está inscrito; otro, en cambio, existe demasiadas veces, y no le pude ahorrar la desazón que ello le acarrea; a otro le está negada toda posibilidad de que algo le ocurra, y a otro todo tiene que ocurrirle; a una mujer nadie la sueña, a otra nada la moverá de donde está y a una más sólo cabe desearle que nunca tenga que llorar otra vez; hay un hombre que se omitió de su propia vida, otro que sólo ha seguido viviendo para perfeccionarse en el rencor, otro que se muere y uno más al que conocemos cuando están sacándole una muela, y una pareja que baila un mambo atroz en el que está revuelto un amor indecible. Y también aparece de vez en cuando un mesero. Lo que aquí hay es casi todo lo que sé sobre ellos, e ignoro qué habrá sido de estos personajes cuando los perdí de vista, pero espero que sea para bien lo que les depare la imaginación de los posibles lectores que sus historias consigan.

Los agradecimientos
Sospecho que dar a la imprenta cualquier cosa es, ante todo, una irresponsabilidad (digo: habiendo tanto Chesterton y tanto Conrad y tanto Gervasio Montenegro), pero sé bien que hay pocas felicidades comparables a la de recibir el primer ejemplar de un libro propio. Por eso, me alegra enormemente que a este libro le haya tocado salir a la circulación en esta edición impecable, y agradezco los buenos oficios de quienes lo hicieron posible: el multicitado Luis Vicente y el editor Felipe Ponce, los primeros; Cristina Quezada y Ernesto Castro, que tuvieron la paciencia de lidiar con mis comas maniáticas; el fotógrafo Roberto Antillón, quien me obsequió la imagen que ilustra la portada; Avelino Sordo Vilchis, el diseñador de la cubierta, y Valentina Arreola, quien ha visto por que la Universidad de Guadalajara auspicie esta colección. Y también a los amigos a quienes importuné pidiéndoles que leyeran algo de lo que iba quedando escrito: Fernando de León, Ramón Serrano, Martín Mora, Héctor J. Ayala, Viviana Kuri, Karla Garduño, y a dos presencias que hicieron posibles sendos cuentos: la pintora Irene Dubrovsky y el poeta David Huerta.
Y sin más que agregar, permítanme ahora leerles un cuento, pues es lo que se acostumbra en estas ocasiones. Gracias a todos por estar aquí.

Presentación leída alguna noche de octubre de 2003, ante unas doce personas, en la Casa Vallarta de la Universidad de Guadalajara.

Wednesday, March 29, 2006

Vacaciones

Las perspectivas que abre —para la ilusión o la angustia— la inminencia de un periodo vacacional suponen la toma de decisiones que, como dicen que decía Sócrates del matrimonio, fatalmente nos llevarán a arrepentirnos: más allá de las ponderaciones de cualquier destino que contemplemos estará aguardándonos la infalible certeza de que pudimos hacer lo contrario, en cuyo caso nos habríamos ahorrado los desaguisados, los contratiempos, los accidentes y el cansancio tremendo que nos acarreó el empeño de descansar.
Podemos, sí, evaluar las conveniencias de todo tipo sobre el uso que daremos a los brevísimos días que comenzarán a correr al bajar la cortina: cuánto será prudente gastar y a qué niveles de imprudencia nos arriesgaremos, qué clima habrá, con quién y cómo nos trasladaremos (olvidando, por lo general, el considerable inconveniente que hay en la dificultad de omitirse de esa compañía: bien decía Bioy Casares que el mejor viaje es el que hacemos sin llevarnos a nosotros mismos). Podemos, también, oponer a ese escenario el que consiste en permanecer en nuestro sitio, con sus ventajas aparentes (ahorrar, principalmente). Pero lo cierto es que para no hacer nada, que es el ideal de las vacaciones, hace falta hacer muchas cosas, por lo que el desaliento pronto se vuelve una amenaza temible y a menudo, en las vísperas, cruza el fugaz y perverso anhelo de que las vacaciones no lleguen, o bien de que pasen pronto y sin requerir nuestra participación y ni siquiera nuestra inútil y desvalida comparecencia. Como sea, en la medida en que lo permita nuestra capacidad de escarmiento habría que revisar la experiencia y tratar de evitar las situaciones que vuelven más pesaroso el uso del tiempo ocioso, porque las vacaciones tarde o temprano nos arrebatarán y nos lanzarán al torbellino inverosímil en que una siesta o una caminata suponen más denuedo y fatiga que las rutinas y el trabajo de todos los días.
Yo, por lo pronto, he tomado ya precauciones para no reincidir jamás en esa noción falaz del turismo que son los paquetes «todo incluido»: oasis artificiales cuyo atractivo fundamental consiste en un desembolso, no importa si justo o abusivo, que se cubre por adelantado (o con el proverbial tarjetazo) para disfrutar del solo privilegio de no sacar la billetera en lo que dure el tiempo así adquirido —porque lo que uno cree estar comprando es tiempo, cuando en realidad ésta será la moneda con que se pagará el desatino. No sacar la billetera: se oye fácil y suena ridículamente tentador (pues mientras uno yace a la vera de la alberca o lleva varias veces al día su voracidad al bufet perpetuo ya irá imprimiéndose el estado de cuenta donde constará la merma correspondiente en las finanzas, ésa sí nada ilusoria, por más que ningún billete y ninguna moneda nunca hayan salido a tomar el airecito), y era así como lo decía el catálogo de beneficios y privilegios que consulté inmediatamente después de despedir al botones con la única propina que cometí el error de dar en el primer y último «todo incluido» que contraté, en Cancún y un mes antes de la llegada aparatosa de Wilma: «¡Bienvenido! (etcétera, etcétera)… Durante el tiempo que usted esté con nosotros ¡no tendrá que sacar la billetera absolutamente para nada!». Ese «absolutamente», se me hacía entender, incluía las propinas, y así mi primera extrañeza fue que el botones no sólo no me la hubiera devuelto, sino que hubiera sonreído con gratitud excesiva.
Aplicado a disfrutar escrupulosamente ese beneficio, cancelé todo impulso de dar propinas a los numerosos empleados con que tuve que vérmelas a lo largo de esos días. En el bar de la playa me limitaba a pedir y a firmar, previo trámite de exhibir la pulserita chillante que me habían colocado, y lo mismo al solicitar toallas, al visitar los «cinco magníficos restaurantes» y esperar que alguien me acercara cubiertos, al preguntar por el amigo Jack Daniel’s en alguno de los «¡dos bares de gran ambiente!» donde invariablemente sonaba el mismo detestable disco una y otra vez («tsel-húnikok’tnemos», me respondió en hosco maya la mesera cuando le pedí que lo cambiara). El cantinero de playa, que respondía al nombre maya de Giovanni, fue generoso en las proporciones que mezclaba en los bebedizos que le solicité la primera mañana; a la segunda, sin embargo, se mostró más cicatero, y a la tercera llegué a sospechar que vació en mi vaso los hielos que quedaban en el vaso de una italiana desvergonzada que olvidó su coctel en la barra. Y, sin embargo, ni él ni la mesera monomelódica ni los del bufet incesante me negaron jamás nada; el empleado que me llevó una película («¡de nuestro amplio catálogo!»: nomás les quedaba Shrek) la llevó presto, lo mismo que la camarera a la que le pedí una botellita de agua. Sólo fueron endureciéndose sus rostros con una expresión que iba del rencor a la franca y reprimida ansia de venganza. Y si bien resistí a toda charolita que me acercaron, a las pausas que hacían luego de cualquier servicio (el de las toallas se me quedaba viendo sin acabar de soltar la que me entregaba), a los mohines de desagrado que me recibían al traspasar cualquier puerta (temí que me dieran un cucharazo en los nudillos al ir a servirme más ensalada de cangrejo), casi me vencí al ver que el comedido botones que me despidió (el mismo que me había recibido) extendió su manecita cuando me abrió la puerta del taxi, el último día. Pero recordé la promesa: No sacar la billetera, y esperé hasta que salimos de la zona hotelera para sacarla y ver si el personal no se habría ingeniado para sacarla mientras yo apuraba esas vacaciones neuróticas tirado en la playa.
Tal es la ventaja con que cuento ahora que se avecina el asueto: la certidumbre de que no volveré a invertir mi tiempo de descanso en uno de esos planes tan malvados. Porque así, con esos pendientes, no hay quien pueda descansar. Y no sé qué haré, sin embargo: lo que sé es que, cualquier cosa que elija, terminaré prefiriendo otra —como por lo demás ocurre en el curso normal de la vida, dicho lo cual entiendo que toda esta digresión ha sido tan desconsoladora como innecesaria: ¿será que necesito vacaciones?

Una vocación cumplida

Las órdenes de la vocación, se dice, son inapelables. O deberían serlo: quien desoye la inspiración congénita que le manda dar un preciso destino a sus días puede terminar con el alma roída por la insatisfacción vital más atroz, así haya hecho de su carrera equivocada una sucesión de triunfos. Suele repetirse, también, que nunca es demasiado tarde y que, si de verdad hay ilusión y empeño, cualquiera puede llevar a la realidad sus aspiraciones, por disparatadas que parezcan: tomar los hábitos aunque sea a edad avanzada, luego de una existencia plena en prevaricaciones y excesos, o apuntarse a un curso exprés de paracaidismo antes de que la osteoporosis lo desaconseje definitivamente. Por otro lado, las imaginaciones de la infancia suelen ser desbaratadas pronto y con crueldad (por la escuela y censores similares), y así no queda más que avenirse a las posibilidades más realistas que van saliendo en el camino: una vez que le preguntaron qué quería ser de grande, Bart Simpson se soñó convertido en el hombre más gordo del mundo: un destino extravagante, si se quiere, pero inobjetablemente espectacular, que sin embargo el pobre niño tendrá que ir postergando mientras se convierte en el malviviente que de seguro va a ser.
Lo malo, en todo caso, es tener una vocación en absoluto rentable, e incluso perniciosa a ojos de la sociedad —que se encargará de oponer todas las dificultades que haga falta. Yo, para entrar en materia de una vez, tengo la vocación innata de ser televidente. (Y basta apenas que lo pronuncie para ir emprendiendo ya una defensa, que siempre será insuficiente: tan duramente se juzga a quien por gusto se entrega a larguísimas sesiones ante el televisor, tan grande es el cúmulo de malentendidos y prejuicios que proscriben y estigmatizan a quien se abandona a esos placeres). De eso querría vivir y sólo para eso quisiera conservar la salud y el seso: para ver toda la televisión que pueda, no importa lo que sintonice día y noche. Que la vida llegue a permitírmelo es otra cosa: sencillamente digo que es lo que yo quisiera hacer.
El primer, consabido reproche con que todo mundo sale cada que declaro esto es aburrido de tan obvio: la abundancia de porquería. A lo que respondo dos cosas: que las excepciones hacen la miseria soportable, y que también fuera de la pantalla es insondable la vulgaridad y la estupidez. Luego dicen que la televisión aísla, que estropea el contacto con la naturaleza y atrofia la comprensión de los demás, pero yo entiendo mejor que, al menos en mi práctica, no se trata de una evasión irresponsable, sino más bien de una inmersión a fondo en lo humano y de un ejercicio constante de la perplejidad creativa —más seguro al menos que ir a escalar montañas o que malgastar las horas ante la barra de un bar deprimente (donde por lo general hay tele). Ahora bien, fuera de estos tediosos y fatuos argumentos, lo cierto es que pocas cosas me gustan tanto, y que dada mi experiencia no podría ser de otra manera: uno queda irremediablemente marcado si entre sus primeros recuerdos consta el de estar presenciando los episodios en blanco y negro de Mi hermana la Nena (telenovela de Rafael Banquells, con Saby Kamalich y Jorge Lavat, allá por 1976).
Admito, claro, que quizás esta vocación se explique por una necesidad determinada por la fatalidad: la de hacer algo con los caudales de información televisiva que se han ido alojando permanentemente en el disco duro de la memoria. De las épocas mejores de La Pantera Rosa al último reality show protagonizado por Erick Estrada, pasando por hitos como Cuna de lobos, Dallas, Mis huéspedes o El Show de Benny Hill —eso es fácil—, pero también por producciones absolutamente insólitas como la telenovela colombiana Pero sigo siendo el rey (que a nadie conozco que la haya visto en México), las primeras apariciones de Lourdes Ramos en Súper rock en concierto, los Cincomentarios de Agustín Barrios Gómez, los aeróbics de la mujer de Fito Girón, las autopsias repulsivas de Quincy, los escarceos entre el Comanche y Amparito Arozamena o las peripecias de Simon & Simon… Una riqueza de conocimientos triviales, si se quiere (quién era Trampero, quién el señor Rajuela, cuál fue el elenco de La Zulianita —Lupita Ferrer y José Bardina, of course—, qué deuda impagable tiene la nación con el libretista de Los Polivoces, Mauricio Kleiff), y de dudas irresolubles (qué fue de Iracheta, en qué acabó el payaso Caralimpia —que salía con Madaleno y Paco Stanley—, cuántas pelucas tenía Evelyn LaPuente, por qué nunca han vuelto a pasar Los tigres voladores, cómo se llamaba la maestra de inglés que salía con el Tío Carmelo), pero que no tengo problema en reconocer que me definen.
Llegado a este punto, es claro que podría extender por folios y más folios esta exhibición de la memoria inútil, misma que no tengo intención de impedir que siga creciendo —aunque, ¿para qué? Mi vocación, viéndolo mejor, he venido cumpliéndola, aun cuando no viva de ella, y así lo que comprendo en este momento es que más vale administrar mejor los minutos y terminar cuanto antes estas líneas, porque ya va a comenzar Seinfeld.